Las flamas de la vergüenza, en cadena cíclica, han
quemado mi consciencia.
Desprovista de maneras correctas para amar, vertí la
espina de mi cuello en tu espalda,
y así, juntos y distantes, por la mañana acompañamos
al silencio;
cada uno murmurando plegarias de dolor pasional, de
vana miseria.
¿Por qué el baile de nuestro aliento es tan fugaz? me
pregunté, del tiempo consternada;
¿por qué la vida impregna de injusticia a los amorosos
juegos del placer, cuando abandonamos la forma única, perfecta?

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