Estoy contando los pequeños trozos de pan que
he dejado en el camino, desde los puntos terminales hasta las raíces del
proceso. He visto todo. Vi mi ausencia encarnada en la más mínima expresión: en
los papeles rotos, en las páginas inconclusas, en lo que ya no está. Del mismo
modo, lo más absurdo me ha obligado a rehacer aquellos últimos renglones. A
considerar la ausencia como carcajada irónica del titiritero mayor, pues, ¿qué
somos sino lo que hemos dejado de ser?
La
idea de terminar con el pasado debilita el espíritu y a la vez da consuelo. Hasta
cierto punto, produce la sensación de que nada importa; rememorar lo que fuimos
a partir de una imagen se convierte en un acto de vanidad, de idolatría
personal. Al leer un escrito antiquísimo se percibe exclusivamente lo poco
práctico que fue el ingenio, las faltas técnicas, los errores colosales: “mejor
olvidar la estulticia que dominaba mi infancia.”
Sin embargo, como en toda film de drama, el acto de olvidar se
complica tremendamente a medida que “los demonios” hacen su cruel aparición:
unos con megáfonos, otros disfrazados de anticuarios racionales balbucean indolencias,
avientan preguntas sarcásticas que hieren al más fiero humano. Quizá su existencia
-poco grata-, cumple la desagradable función de taladrar en las partes más
blandas del corazón, para así encontrar las fibras “sensibles” enterradas al
pasar los años. Ellos, los insultantes, hacen eco del olvido y el dolor que
impera en aquellos delgados hilos; a nosotros nos corresponde, en consecuencia,
atajar aquellas ondas de sonidos muertos
y construír con ellas sinfonías
terapéuticas: cantares purificadores de las fibras hartas de ponzoña.
Ya he dejado de contar. Al arrastrar
el saco repleto de piezas, tuercas y demás elementos, he caído en la cuenta de
que ya no son mías, dejaron de significar al momento en que el contar se
convirtió en mera acumulación sentimental; cuando el pasado se distorsionó a
tal grado que sólo quedaban imágenes idealizadas, pequeños mundos bañados en
utopía irracional.
Ahora, cada vez que visito aquellos mundos fantasmagóricos,
intento preguntarle al titiritero: -¿cuántos años de olvido debo cumplir antes
de que todo sea sólo silencio e inmovilidad?